VEINTICINCO SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

07 marzo 2012

La mujer en Afganistán

El drama de ser mujer en Afganistán. Las tropas norteamericanas y europeas se marchan de Afganistán tras diez años de guerra dejando a la mujer, a la que pretendían liberar, sumida en la opresión. Hemos visitado un centro de reclusión juvenil para conocer sus historias de humillación y oprobio. Los pasos reverberan entre las paredes desconchadas del Centro de Rehabilitación Juvenil de la provincia de Herat. El eco de la llave girando los pestillos pone el bello de punta. Este tétrico lugar se asemeja más a una cárcel de alta seguridad que a un centro juvenil. Mientras recorremos los angostos pasillos en la lejanía, una veintena de caras aniñadas, enmarcadas en velos de colores, salen a nuestro encuentro.No suelen recibir muchas visitas y mucho menos de periodistas extranjeros… Las niñas ríen pícaras y cómplices se susurran palabras ininteligibles; tras lo cual se les escapa una tímida sonrisa que rápidamente ocultan con la palma de la mano… Cada una de estas niñas guarda una historia; y cada historia oculta un drama. “Mi padre trató de casarme con su cuñado, de 45 años… Yo no acepté y me fugué de casa con mi novio”, se enorgullece Shakine, de 17 años, mientras acuna entre los brazos al fruto de su amor prohibido. Esta niña tendrá que pagar por su crimen. Dos años de internamiento en este Centro Juvenil de Herat; pero puede sentirse afortunada. Cuando salga podrá retomar su vida al lado de su amado, que cumple en la cárcel de adultos. “Estoy muy contenta porque podré irme a vivir con él”, afirma con una enorme sonrisa. A pesar de que la constitución afgana prohíbe taxativamente el matrimonio de niñas menores de 16 años, el caso de Shakine es algo común. En Afganistán todos los matrimonios son concertados. No existe una relación de amor o de amistad entre un hombre y una mujer. Esto no es aceptado socialmente. Los matrimonios se apañan entre dos familias que se ponen de acuerdo y casan a sus hijos por meras cuestiones económicas. Además, existe la tradición de que el hombre tiene la obligación de pagar una dote por la mujer. Una dote que suele ser bastante elevada: entre 3.000 y 5.000 dólares en un país donde el sueldo medio no llega a los tres dólares diarios. Los encargados de controlar estos matrimonios infantiles son los Tribunales. Pero aquí es donde reside el problema. Sólo el 11% de los jueces han estudiado derecho; el resto no ha estudiado ningún tipo de leyes. La mayoría de los jueces afganos son mullah, autoridades religiosas, o gente que ha realizado estudios secundarios o estudiado en facultades islámicas. Injusticias. Los grandes ojos marrones de Nefise ocultan una enorme pena. Echa de menos a sus padres y quisiera poder escapar de estos muros que se han convertido en su cárcel. Este frágil e indefenso ruiseñor ya sabe que la vida no le regalará nada. Ha nacido en Afganistán, un país hostil para las mujeres… “Estaba en el bazar de la ciudad y dos chicos me metieron en un coche. Me encerraron en una habitación y me violaron durante toda la noche. Cuando me dejaron marchar conté la historia a mis padres y fuimos a denunciarlos ante la policía. El juez no me creyó. Me acusó de haber cometido un delito sexual y me condenó a un año de cárcel…”, la niña hace un receso en su relato. “Lo peor es que estoy embarazada y tendré que casarme con uno de los dos chicos que me violó”, sentencia avergonzada. Esta es la realidad a la que se enfrentan, cada día, miles de mujeres y niñas en Afganistán. Un país donde ser mujer es una condena a una vida de penurias, sufrimiento y malos tratos. En un reciente informe publicado por la Fundación Thomson Reuters se calificaba al país centro asiático como el más peligroso del mundo para las mujeres, como explica la presidenta de la ONG Women Change Makers, Antonella Notari, que ha contribuido al estudio. “Me marché porque mi marido me pegaba todos los días. No sé porque estoy aquí”, se lamenta Laila, de tan solo 15 años. “En Afganistán es normal que el marido pegue a la mujer”, afirma sin ruborizarse Mohammad Naim, responsable de la ONG Aschiana encargada de ayudar a estas niñas. Laila, a pesar de su corta edad, sabe que la vida no le regalará nada… Es más, sabe que su vida estará repleta de penurias. “Soy su primera mujer, pero mi marido me usará y luego me dejará para casarse con una pastuna”, relata para terminar añadiendo: “pagó 1.000 dólares por mí”. El suicidio como salida. Sus lloros y lamentos son engullidos por las paredes desconchadas del hospital de Herat. Su cuerpo está recubierto por vendas y gasas, algunas manchadas de una sustancia amarillenta. A su lado, recostada sobre su cama, su hermana llora sin encontrar consuelo. Dina, de 17 años, ha ingresado hace menos de dos horas en la unidad de quemados. Se ha intentado quitar la vida rociándose con gasolina y prendiéndose fuego. “La obligaron a casarse hace cinco años pero su marido nunca la aceptó. De hecho no llegaron a convivir ni una sola noche. Su padre le preguntó qué había hecho para que su marido la repudiase de esa manera… y decidió quitarse la vida”, narra Mohammad Aref Jalali, responsable de la unidad de quemados del hospital de Herat. “Muchas me piden que les ayude a morir… Pero mi función es la de salvar vidas, yo no puedo suministrarles una inyección letal; eso es lo que hacen los talibanes”, sentencia este médico. “Tengo una gran pena en mi corazón por ver la situación de la mujer en Afganistán, nadie hace nada por ellas en este país”. En los tres primeros meses de 2011 este hospital ha recibido 36 nuevas pacientes; pero lo peor es que el número de casos no deja de aumentar. “Cada año pierdo entre 60 y 70 mujeres jóvenes delante de mí. ¿Por qué nadie hace nada para evitar estas muertes? Las razones para que el número de mujeres que intentan suicidarse se eleve las encontramos en tres factores: los matrimonios forzosos, el opio y los problemas económicos. “Muchas mujeres son obligadas a casarse cuando tienen 9, 11, 12 ó 13 años. He tenido casos de niñas que a estas edades ya han intentado quitarse la vida”, puntualiza el doctor, que cuenta también que las familias pobres cambian a sus hijas por cabras, ovejas o vacas. “La mujer debe permanecer en la casa al cargo de los niños, cocinando o cuidando del ganado. Se convierte en una propiedad. Si yo fuera mujer, en una situación así, también intentaría acabar con mi vida”, sentencia tajante Mohammad Aref Jalali, que reclama: “Por favor, ayuden a las mujeres afganas”. Antonio Pampliega, en Revista 21 digital.

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